Martes 28 de Marzo de 2000
"Es como volver a vivir", dijo la
doctora Lustig
Una máquina lectora, inesperada ayuda para una
investigadora de 89 años
Estaba perdiendo la visión y sufría por no poder leer trabajos
científicos.
Eugenia Sacerdote de Lustig
tiene 89 años y todas las mañanas sigue yendo a trabajar a su despacho en
el Instituto de Oncología Angel Roffo.
Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y
Técnicas (Conicet), en estos días analiza con dos jóvenes biólogos el
trasplante neuronal en ratas: el objetivo es poder mejorar a los enfermos
del mal de Alzheimer.
La Nación conversó con ella en el instituto donde guía a esos
becarios en el área de investigación que dirigió durante muchos años. Cada
día, la doctora Lustig viaja desde su
departamento en Belgrano hasta el barrio de Agronomía. Siempre lo hizo en
colectivo, pero últimamente recurre a un remise. Desgraciadamente, tiene
un problema de visión y le dan miedo los escalones.
Haber perdido parte de la visión la hizo sentirse muy deprimida porque no
podía leer todo lo que quería, especialmente trabajos científicos.
Pero inesperadamente, hace unos veinte días, un laboratorio, Bio Sidus, le
hizo llegar un aparato que parece una fotocopiadora y que lee textos en
varios idiomas: castellano, inglés o francés. Se coloca la hoja o el
libro, se cierra la tapa de la máquina y ésta comienza a leer el texto.
"Puedo escucharlo sin forzar los ojos -dice, feliz-. Para mí, es como
volver a vivir. Estoy gozando enormemente. Porque ver los títulos grandes
y no poder leer el contenido era un sufrimiento." Confiesa que entiende
mejor el español y el francés, porque el inglés es leído muy rápido. "Se
ve que como es el idioma original del equipo, denominado Galileo, piensan
que todos lo entienden a la perfección", agrega.
De noche, ella leía muchísima literatura. Ahora descubrió en la Biblioteca
Braille cassettes grabados. Comenta que está leyendo "La
coronación", de José Donoso. Y ha gozado con "Antes del fin", de Ernesto
Sabato, leído por su autor.
Vidas paralelas
Eugenia Sacerdote sonríe, piensa y habla con agilidad, y recuerda con
precisión fechas y nombres. Tiene mucho contacto con gente joven. Todos
los sábados almuerza con siete nietas y un nieto. Una de las chicas es
ingeniera agrónoma, otra se gradúa este año de nutricionista, y otras
estudian veterinaria, análisis de sistemas, ciencias políticas.
A ella, abrirse camino no le fue fácil. Observa que a principios del siglo
XX eran escasas en Italia las posibilidades, para la mujer, de conectarse
con la ciencia y la cultura. Cuando estudiaba para ser médica, eran cuatro
las mujeres entre 500 estudiantes.
Ella estudiaba con su prima, Rita Levi Montalcini, que ganó en 1987 el
premio Nobel de Medicina. Comenzaron a trabajar juntas. Pero en 1939
Eugenia vino a la Argentina y Rita fue, al terminar la Segunda Guerra
Mundial, a los Estados Unidos. Cuando ganó el premio Nobel, volvió a
Italia, donde el gobierno le instaló un magnífico instituto de
neurobiología.
Aquí, Eugenia no pudo ejercer la medicina práctica. "Me dejaban jugar con
los ratoncitos, pero no con los enfermos", apunta, sonriendo.
No tuvo otra vía que dedicarse a la cátedra y la investigación.
En el Instituto de Microbiología Malbrán pasó toda la epidemia de
poliomielitis antes de que se descubriera la vacuna Salk. Luego, la
Organización Mundial de la Salud la envió a los EE. UU. para aprender a
evaluar el efecto de esa vacuna.
En el gobierno de Frondizi, por fin, le reconocieron el título de médica,
pero ya no le interesaba ejercer.
Cada domingo habla por teléfono con su prima Rita, que tiene 90 años.
Rita, judía como ella, es la única mujer en la Academia Pontificia de
Ciencias. ¿Cómo ve Eugenia el viaje del Papa a Israel en estos días?
Piensa que ha tenido un gran valor al pedir disculpas por la actuación de
los cristianos en las Cruzadas o ante el Holocausto. "El mismo tuvo que
luchar en su ambiente para que lo apoyaran. Es un hecho admirable."
Un as en la manga
Ella recomienda un libro de su prima, "El as en la manga", que rescata
todo lo que un viejo tiene todavía por hacer a pesar de su edad. Subraya
lo que hicieron después de los 80 años hombres como Galileo, Ben Gurion,
Miguel Angel o Picasso.
Eugenia no puede ahora poner inyecciones a las ratas, pero organiza el
trabajo de su equipo, dicta trabajos y cartas, y aunque apenas puede
identificar letras grandes tiene una nueva posibilidad de escuchar. Y lo
agradece de todo corazón.
"La tecnología avanza -afirma-, y la solidaridad también."
Jorge Rouillon
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Fotos
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El nuevo aparato en el que coloca
los textos le permite a la doctora Lustig escuchar lo que no puede
leer
Foto: Patrick Haar |
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